Así en el cielo como en la tierra

 
Tan trágico como el soldado que se incorpora desde la trinchera, las manos en alto, y el grito de "¡me rindo!" se parte a medias en su garganta perforada por la última bala de la guerra.
 
Tan real como regresar al hogar de noche, y detenerse sobre el asfalto para sentarse y dejar que las luces redondas se acerquen a toda velocidad para arroparte mientras murmuras "me rindo…" a los parachoques.
 
 
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Y no será el fin

 
Torah, Jeremiah 4:23-27
 
23 I beheld the earth,

And, lo, it was waste and void;

And the heavens, and they had no light.

24 I beheld the mountains, and, lo, they trembled,

And all the hills moved to and fro.

25 I beheld, and, lo, there was no man,

And all the birds of the heavens were fled.

26 I beheld, and, lo, the fruitful field was a wilderness,

And all the cities thereof were broken down

At the presence of the LORD,

And before His fierce anger.

27 For thus saith the LORD:

The whole land shall be desolate;

Yet will I not make a full end.

 

 

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A

 
 
Dios o Diablo, dejádme ganar una vez por favor.
 
 
 
 
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Cuando

 
 
Para que mis lectores no olviden que todavía puedo rimar "mañana" con "cama", o hacer incluso cosas peores (como añadir "sábanas" aunque esta vez me haya contenido) para deleite de los suicidas que buscan motivos todavía.
 
 
¿Cuando te daras cuenta,
cuando,
de que ya no me amas,
te amo?
 
¿Cuando me daré cuenta
cuando,
de lo que poco que hace de tí
y cuanto de mi tristeza,
que no ha pasado sin verla
un sólo día
pero todos mis calendarios
ya los he gastado?
 
¿Cuando se dará cuenta,
cuando,
el mundo que no se ha parado
que ya no nos sirve,
que se puede ir apagando?
 
Cuando deje de encontrar
cada mañana
tu forma de curva larga
una niña
tendida como una bendición
maldiciendo mi cama.
 
 
 
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Regreso

Melville reaparece tres años después, aunque esta vez es todo metáfora y nada de locura.
"Salve" me saluda, porque en el fondo soy yo.
"Salve" le contesto, porque mi personalidad la tengo bien clara.
Hablamos largo y tendido sobre cosas fantásticas de este planeta, o sobre ineptos que deberían ser juzgados, o sobre viajes lejanos que algún día haremos.
Vamos obviando el tema central de nuestra vida (de nuestra vida, "hoy") y nos perdemos en todo lo que de verdad no importa, porque lo que importa es veneno en las venas.
Una pulsación tras otra la arritmia se acelera y nos arropa, y hacemos un fuego para lanzar, una tras otra, las efigies desnudas de unas diosas que no volverán a dormir con nosotros.
"Que humo tan raro" dice uno.
"Huele a costumbre" contesta el otro.
Vamos oliendo las cenizas en las que se convierte el día a día, ahora que el verano arde y vuelven las noches frías del invierno cabrón de siempre, y nos lamentamos en la sombra de nuestras gabardinas de nuestra suerte aciaga que se repite y se propaga en el tiempo… y temblamos primero, y después -al irnos a dormir- perdonamos.
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In a world, alone

Mi primer recuerdo es el de las ancianas cayendo. Sus abismos.
 
He visto un error. No me da miedo. Lo desprecio y lo erradico.
 
Como ir en bicicleta en una excursión infinita, las calles que no empiezan no terminan, y el resto es algo como etcétera y etcétera de posibilidades.
 
Te podría decir que no estas.
 
¿Que ha sido de tu voz insistente? Me has borrado de la columna de los mejores donde tenía mi habitación.
 
Me pregunta un lado de la acera, le contesto que la nada aún tiene eco.
 
El sentido, el sentido es lo que cuenta…. ya he vuelto al primero.
 
Hablar de viaje da miedo, porque es todo como salir de torres blancas de nácar. ¡Y yo no se que es el nácar! Y el misterio es tan dulce…
 
Ellas caen a lo profundo de las vias, empalándose con sus bastones de roble o pino, esperando a que el tren las borre del todo.
 
En el mundo muchas pieles me rozan, pero no buscan la compañía. Los poros se abren y cierran, se alejan, aur revoir tormenta de caricias, hasta nunca ya lo sabes.
 
A tus campos de trigo, volver… una vez, y otra vez…
 
Las caras rectangulares fruncen el ceño cuando se deshacen, primero ceniza, luego un otoño, luego nada de nada… ¿como puedes tener miedo de la nada?
 
Esos pasos en la noche de la culpabilidad ajena. Un espía tras la cortina de madera que se pregunta quien soy, y yo también.
 
Nosotros podemos subir de ellos, pero ellas no.
 
Quizás a lo mejor, después de todo, hayas leído hasta aquí, bajo la roca pendular del lago de sal donde no he estado.
 
A lo mejor esto te gusta a tí, por eso de ser raro y ser versos con muchas posibilidades; pero no te engañes, también es fraude y no merece la pena ni México.
 
Dormir en un mundo, solo como todos los que no están solos estando solos (como en aquella canción).
 
Dormir, al fin, entre los mediocres y los sin rostro.
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En el trabajo

 
Esteban Hernández no conocía el idioma, no conocía el lugar y no conocía a la gente. Le habían dado una foto, un nombre que todavía no estaba seguro de haber entendido bien y una dirección. Viajó hasta Oxaca desarmado y se compró un revólver allá, en los bajos fondos, en la taberna de Cornáca que lo había conocido en el ejército. No llevaba equipaje, sólo la foto bajo la gabardina y la pistola en un bolsillo. Se hospedó en un hostal pero no durmió. Se deslizó por la cañería cuando aún era oscuro y la tormenta era más violenta. Nadie lo vio alejarse. Caminó las dos calles que lo separaban de la casa con el jardincito y espero tras un arbusto, agazapado, acariciándose el bigote. La lluvia se intensificó y dejó de ver la puerta de la casa, aunque aún lograba vislumbrar el aparcamiento. No era un problema: cuando llegara el coche vería sus luces rojas deteniéndose. El señor Sloan (¿o Sloban?) estaría desprevenido al bajar de él y tendría una buena oportunidad de cazarlo. No cmabió de sitio y siguió inmóvil.
De haber conocido el idioma podría haber preguntado en las tabernas quien era aquel hombre y habría descubierto que muchos le conocían en el pueblo, incluso podría haber conversado con personas que le indicaran sus costumbres. Podría haber sospechado y en lugar de estar acariciándose el bigote tras el arbusto esperando ver llegar luces rojas bajo la lluvia, se preguntaría si era el primero que enviaban a ese lugar o hubo otros que fracasaron antes que él en aquella misión. Se habría puesto en guardía y habría cambiado de escondite.
Mojado, más charco que hombre, siguió aguardando con hierática convicción ajeno a la verdad. No vio las luces rojas apagándose cerca del motel, la sombra que se acercaba a su espalda, la sorpresa en los ojos del señor Slova al ver al vagabundo que acechaba tras un arbusto dándole la espalda.
Esteban Hernández recibió un disparo en el omoplato y otro en el brazo. Rodó sobre el fango de jardín, esquivando un trueno u otro disparo. Sacó el revolver y devolvió el fuego a la nada, dos veces. Más truenos le hicieron creer que nuevos disparon le apremiaban. Disparó una vez más. Saltó sobre los arbustos, corrió sobre el cesped y se escondió tras un árbol. Un disparo oradó la madera de una rama sobre su cabeza. Asomó media cara con temeridad. Un rayo. La figura encorvada del señor Slova corriendo hacia la entrada de su casa, apuntándole con la pistola. Luego la oscuridad y el fogonazo de un enésimo disparo que le rozó la mejilla. Esteban Hernández apuntó al lugar donde había visto la puerta. esperó un segundo. Descargó las tres balas que le quedaban sobre la madera.
El señor Slova fue acribillado justo cuando cerraba, creyéndose a salvo dentro del hogar.
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